Introducción

Antes de sumergirnos en este tema tan profundo, quiero invitarte a detenerte por un momento y reflexionar. ¿Te has sentido alguna vez incomprendido, abandonado o cargado por la vida? ¿Has enfrentado momentos en los que parece que nadie ve lo que estás atravesando o escucha tu clamor silencioso? Ahora, piensa en esto: el Dios del universo, quien creó cada estrella en el cielo y cada latido en tu corazón, está profundamente interesado en ti. No solo te ama desde lejos, sino que se involucra apasionadamente en tu vida y se conmueve con tus luchas y alegrías. Este es nuestro Dios: apasionado, compasivo, y completamente dedicado a tu bienestar y salvación.

El tema de esta semana nos llama a explorar el corazón de Dios, un corazón que palpita de amor puro y desinteresado por ti. La pasión y la compasión de Dios no son solo palabras abstractas o un concepto distante; son realidades tangibles que se manifiestan en Su cuidado constante y en cada acto de gracia hacia nosotros. Es el amor que te llama a confiar, a descansar, y a vivir con propósito. No hay lugar demasiado oscuro donde Su luz no pueda alcanzarte, ni herida tan profunda que Su amor no pueda sanar.

Te invito a abrir tu mente y corazón mientras nos sumergimos en este maravilloso retrato del carácter de Dios. Deja que Su pasión despierte en ti un amor ardiente por Él, y Su compasión te impulse a reflejar Su amor en un mundo que desesperadamente lo necesita. Dios no solo quiere que lo conozcas, sino que vivas envuelto en Su amor eterno. ¿Estás listo para caminar más cerca de Él?



La Pasión y Compasión de Dios en las Escrituras

Isaías 49:15 nos ofrece uno de los retratos más conmovedores del carácter de Dios: “¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho, para no compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ella se olvide, yo nunca te olvidaré” (NVI). En este versículo, Dios utiliza una de las formas de amor más puras y profundas que podemos imaginar: el amor de una madre hacia su hijo. Este amor, a menudo visto como instintivo y sacrificado, refleja en una pequeña medida la inmensidad del amor divino. Sin embargo, incluso en un mundo caído donde algunas madres pueden fallar, Dios recalca que Su amor nunca lo hará. Él no solo se preocupa por nosotros como individuos, sino que Su amor es activo, permanente e inquebrantable.

En Jeremías 31:20, encontramos otra expresión de la relación íntima de Dios con Su pueblo: “¿No es Efraín un hijo precioso para mí, un niño en quien me deleito? … Mi corazón se conmueve dentro de mí”. Este pasaje utiliza la palabra hebrea «raḥam», que proviene de la raíz para «vientre», simbolizando un amor profundo y protector, como el que una madre experimenta al llevar a su hijo en su ser. Este lenguaje, tan humano y cercano, ilustra cómo el corazón de Dios está profundamente ligado al bienestar de Su pueblo. A pesar de las constantes rebeliones de Israel, Dios no puede apartar Su compasión, porque Su amor no está condicionado por nuestras fallas. En palabras de Stephen N. Haskell (1999)

«el amor de Dios por Su creación no es solamente emocional; es activo, es un compromiso eterno para restaurar, sostener y redimir» (p. 45).

La pasión y compasión de Dios no son conceptos abstractos. Estas cualidades divinas son una invitación a entender que, incluso en nuestras peores caídas, Dios nos ve como preciosos y dignos de Su amor. Su compasión no está limitada a un momento o circunstancia, sino que es constante y renovadora. Al reflexionar sobre este amor inmenso, no solo encontramos consuelo, sino también un llamado a responder a este amor con gratitud y entrega total. Como señala Ellen G. White (1892),

“El corazón de Dios suspira por Sus hijos terrenales con un amor más fuerte que la muerte” (El Deseado de todas las gentes, p. 113).

 

Estos textos no solo revelan el carácter inmutable de Dios, sino que también nos desafían a imitarlo, mostrando un amor y compasión genuinos hacia los demás. Este amor protector y compasivo es el fundamento de nuestra fe y la mayor fuente de esperanza en nuestra vida cristiana.


El Celo Divino: Una Pasión Santificada

El celo divino, descrito en Éxodo 34:14, donde se afirma: “Jehová, cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es”, puede ser difícil de comprender si lo vemos desde la perspectiva limitada de nuestras emociones humanas. El celo humano a menudo está contaminado por el egoísmo, la inseguridad o la posesión. Sin embargo, el celo de Dios es completamente puro, santo y motivado por Su amor perfecto e inmutable hacia nosotros. Este celo no surge del deseo de controlar, sino del profundo anhelo de protegernos de cualquier cosa que nos aparte de Su presencia y Su plan para nuestra vida. Dios es celoso porque sabe que solo en Él podemos encontrar la verdadera plenitud y felicidad.

Este celo es una manifestación de Su amor apasionado, que busca que permanezcamos unidos a Él. En Jeremías 3:14, Dios llama a Su pueblo diciendo: “Convertíos, hijos rebeldes, porque yo soy vuestro esposo”. Aquí, el celo de Dios no solo refleja Su deseo de mantenernos en Su cuidado, sino también Su compromiso con un pacto de amor eterno, como el de un esposo fiel hacia su esposa.

Pablo, en 2 Corintios 11:2, usa esta misma idea para describir su ministerio hacia la iglesia: “Os celo con celo de Dios, pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo”. Este celo, tanto de Pablo como de Dios, no busca poseer, sino preservar. Es un llamado a una relación exclusiva y comprometida con Cristo, quien, como nuestro esposo espiritual, desea que vivamos en pureza y fidelidad hacia Él.

Ellen G. White (1900) describe este celo como un reflejo del amor redentor de Dios: “El amor de Dios es tan vasto que no permite la coexistencia de rivales en el corazón humano. Su celo no es por control, sino porque sabe que solo en Él el alma puede encontrar paz y propósito” (El camino a Cristo, p. 43). Este celo, entonces, es un recordatorio de que nuestra relación con Dios no debe estar dividida entre múltiples lealtades. Él desea que lo amemos con todo nuestro corazón, mente y fuerza (Deuteronomio 6:5).

Cuando entendemos el celo divino desde esta perspectiva, nos damos cuenta de que es una expresión de Su profundo amor por nosotros. Es un celo protector que anhela salvarnos de los peligros espirituales y mantenernos en una relación cercana con Él. Este celo también nos desafía a evaluar nuestras prioridades y a preguntarnos: ¿hay algo en mi vida que compite con Dios por el primer lugar en mi corazón?

La invitación de Dios es clara: desea una relación exclusiva y comprometida con cada uno de nosotros. Este celo no es una limitación, sino una protección que nos asegura el gozo y la libertad de una vida entregada completamente a Él. Al reflexionar sobre este amor ardiente y santo, podemos renovar nuestro compromiso de vivir para glorificarlo y experimentar la plenitud de Su amor en nuestras vidas.


Jesús: La Encarnación de la Compasión Divina

Jesús es el rostro visible del carácter compasivo de Dios. Su ministerio terrenal es una demostración práctica y tangible de cómo el amor divino trasciende las palabras para convertirse en acción. Mateo 14:14 nos dice: “Tuvo compasión de ellos y sanó a los que de ellos estaban enfermos”. Aquí vemos cómo la compasión de Jesús se traduce en sanidad para los enfermos y consuelo para los afligidos. Cada acto de Jesús, ya sea alimentar a una multitud hambrienta (Mateo 15:32), restaurar la vista a los ciegos (Juan 9:1-7) o resucitar a los muertos (Juan 11:43-44), refleja el amor inagotable de Dios hacia la humanidad.

La compasión de Jesús no se limita a aliviar el sufrimiento físico; también alcanza las necesidades espirituales más profundas. En el relato de la mujer sorprendida en adulterio (Juan 8:1-11), Jesús no solo la defiende de la condena, sino que le ofrece un nuevo comienzo: “Ni yo te condeno; vete y no peques más”. Este acto revela que Su compasión no es permisiva, sino transformadora; no ignora el pecado, pero brinda gracia para superarlo.

El sacrificio de Jesús en la cruz es la cúspide de esta compasión divina. En Efesios 5:2, Pablo declara: “Cristo nos amó y se entregó por nosotros”. Este amor sacrificial no solo ilustra la profundidad del compromiso de Dios hacia nosotros, sino que también establece el estándar para nuestra relación con los demás. Ellen G. White (1900) describe este sacrificio como “el acto más sublime de amor y compasión jamás visto”, una expresión que nos invita a reflexionar sobre el costo de nuestra redención y a vivir en gratitud por ella (El Deseado de todas las gentes, p. 25).

Además, Jesús no solo mostró compasión en Su muerte, sino que vivió compasivamente cada día. Al contemplar Jerusalén y su rechazo hacia Él, Su lamento en Mateo 23:37 resuena con dolor: “¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!”. Este llamado refleja el anhelo constante de Dios por protegernos y restaurarnos a Su cuidado.

La compasión de Jesús, entonces, no es una emoción pasajera, sino un principio que define Su carácter y misión. Esta misma compasión nos desafía hoy a ser Sus manos y pies en el mundo, mostrando Su amor a través de actos de bondad, justicia y misericordia. Como seguidores de Cristo, estamos llamados a reflejar Su compasión divina, amando a los demás con el mismo sacrificio y entrega que Él demostró hacia nosotros.

Jesús, como encarnación de la compasión divina, no solo nos invita a recibir Su amor, sino a convertirnos en canales de ese amor en nuestras relaciones y comunidades. Al hacerlo, mostramos al mundo el carácter transformador de nuestro Salvador.

 

Aplicación Práctica: Reflejar el Amor Divino

El amor de Cristo no es solo un ideal abstracto; es una realidad que debe manifestarse en la vida diaria de cada creyente. Ellen G. White, al describir este amor, escribe: “El amor de Cristo es profundo y ferviente… Si este amor celestial es un principio permanente en el corazón, se dará a conocer… con actos de bondad, palabras tiernas y animadoras” (White, 1892/2025). Este principio permanente del amor no solo transforma al individuo, sino que tiene un efecto dominó en las personas con las que interactúa, creando un impacto positivo en el hogar, la iglesia y la comunidad.

Reflejar el amor divino implica ser intencionales en cómo tratamos a los demás. Las palabras de White nos llaman a actuar de manera tangible, mostrándonos atentos a las necesidades físicas, emocionales y espirituales de quienes nos rodean. Actos como ofrecer ayuda desinteresada, dar consuelo a los afligidos y demostrar paciencia hacia los demás son expresiones prácticas del amor de Dios. Jesús nos dejó este mandato claro en Juan 13:34-35: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros; como yo os he amado”. Este amor, reflejo del que Cristo nos mostró, es la marca distintiva de Sus seguidores.

No obstante, para que este amor se haga visible, primero debe transformar nuestra vida interior. Debemos permitir que el Espíritu Santo purifique nuestro corazón, eliminando el egoísmo, la indiferencia y cualquier obstáculo que nos impida amar plenamente. White señala que “el egoísmo y el amor a la comodidad son los mayores impedimentos para reflejar el carácter de Cristo” (Notas EGW, 2025). Por lo tanto, la transformación comienza con una entrega total a Dios, buscando diariamente Su presencia en oración y Su guía a través del estudio de Su Palabra.



Conclusión y Compromisos: Viviendo el Amor Divino

Dios es apasionado y compasivo. Su amor no es solo una idea, es una realidad viva que transforma corazones y vidas. A lo largo de esta reflexión, hemos visto cómo Su pasión y compasión se manifiestan desde los relatos del Antiguo Testamento, donde Su amor se compara al de una madre, hasta el sacrificio incomparable de Cristo en la cruz. Este amor, que busca constantemente nuestro bienestar eterno, nos llama a responder con fidelidad, gratitud y acción.

Ellen G. White nos recuerda que “todo el cielo se mueve por el deseo de salvar al perdido”, y esa misma compasión debe ser el principio que impulse nuestras vidas (El Camino a Cristo, p. 85). Vivir en el amor de Dios significa no solo recibir Su gracia, sino también reflejarla en cada interacción, en cada decisión y en cada acto de servicio.

Compromisos para Mantenernos Firmes en la Fe

  1. Permanecer conectados con Dios diariamente: Dedica tiempo cada día a buscar Su presencia mediante la oración y el estudio de Su Palabra. Recuerda que sin Su guía y fortaleza, no podemos reflejar Su amor de manera plena.
  2. Vivir una fe activa: Haz del amor de Dios un principio práctico en tu vida. Busca formas de servir, consolar y animar a los demás, especialmente a los más necesitados. Cada acto de bondad es una manifestación de Su compasión en el mundo.
  3. Confiar en Su amor inmutable: Cuando las pruebas de la vida lleguen, recuerda que Su amor nunca falla. Isaías 41:10 nos asegura: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo”. Mantén tu confianza en que Dios está contigo en cada paso de tu camino.
  4. Reflejar a Cristo en toda circunstancia: Como seguidores de Jesús, estamos llamados a ser cartas vivas de Su amor (2 Corintios 3:3). Permite que tus palabras y acciones sean una evidencia constante de que Su compasión habita en ti.

Un Llamado a la Fidelidad

La fidelidad no es solo resistir las tentaciones, sino vivir con el propósito de glorificar a Dios en cada área de nuestra vida. A medida que avanzamos en nuestra jornada de fe, enfrentaremos desafíos y desánimos. Pero podemos confiar en que el mismo Dios que nos ama con pasión y compasión nos sostiene con Su gracia. Él no solo nos llama a perseverar, sino que nos capacita para hacerlo.

Hoy, acepta el desafío de vivir firmemente anclado en Su amor. Haz del amor de Dios tu guía y propósito. Responde a Su compasión reflejándola en el mundo. Y recuerda siempre estas palabras de Jesús: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

Que el amor apasionado y compasivo de Dios sea el motor que impulse tu fe, y que tu vida sea una luz que brille para Su gloria. Permanezcamos fieles hasta el fin, porque Su amor nunca nos fallará. ¡Sigamos firmes en la fe, con esperanza y alegría!

Referencia bibliográfica

  1. González, A. (2025). Dios es apasionado y compasivo. Presentación Escuela Sabática, Enero 2025​2025t104.
  2. White, E. G. (1892/2025). Mente, carácter y personalidad (Vol. 1). Asociación Publicadora Interamericana.
  3. La Biblia. Versión Nueva Internacional (NVI).
  4. Lección Escuela Sabática 1er Trimestre 2025. El amor de Dios y su justicia. Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día​.

Podcast also available on PocketCasts, SoundCloud, Spotify, Google Podcasts, Apple Podcasts, and RSS.

Deja un comentario